La Casa de los Espíritus: Familia, nación y clases

Carmen Gloria Godoy R.
Magister en Estudios de Género y Cultura
Doctoranda en Estudios Latinoamericanos
Universidad de Chile


Resumen: En el marco de la crítica de la cultura y a partir de la relación existente entre literatura y e imaginario, en este trabajo se realiza una lectura de la novela La Casa de los Espíritus, de Isabel Allende. La novela de Allende nos permite ingresar en el terreno del imaginario nacional y abordar las relaciones sociales, vinculando clase y género.
Palabras clave: Isabel Allende, crítica de género

1. Introducción
En este trabajo presento un análisis en torno a las imágenes de Nación, Familia y Clases que se desprenden de una lectura crítica de La Casa de los Espíritus [1], primera novela de la escritora chilena Isabel Allende. Si bien en general, las novelas, cuentos y relatos de la autora han recibido bastantes críticas respecto a su calidad literaria -sobre todo en su país de origen- [2], especialmente por los tintes (a veces escenas completas) de “realismo mágico” que se filtraron en las páginas de sus primeros trabajos con mucha intensidad, Isabel Allende es leída por un público masivo. Y junto a otras autoras/es [3], se ha convertido en una suerte de referente de cierto tipo de literatura que tendería a ser calificada en función de su éxito editorial como bestseller (y con ello “pseudoliteratura”), poco compleja, o incluso “light”, pero cuya presencia e importancia es innegable.
Bajo esta aparente liviandad, se reconoce el impacto que La Casa de los Espíritus [4] produjo en la escena internacional, en la medida que sus páginas hicieron emerger una imagen de Chile contraria a aquella difundida por la dictadura militar durante sus primeros años de gobierno. Y además, por abrir el espacio editorial (en términos de mercado) a la narrativa escrita por mujeres, se ha convertido junto con la autora y el conjunto de sus producciones (tal vez una primera fase) en una suerte de referente ‘cultural’ (en el sentido más lato y ambiguo del término) [5], constituyendo un fenómeno digno también de ser estudiado [6], aunque en estas páginas sólo puedo hacer mención de este hecho, porque me centraré en la novela. Y en los elementos que considero más relevantes, al menos para un análisis de carácter exploratorio sobre el tema.
La historia que se narra es la de la familia Trueba-del Valle. Tres generaciones de un mismo linaje, cuyas experiencias se conectan con sucesos de carácter social y político. Vemos como se desarrolla la denominada “cuestión social”, la lucha de las mujeres por obtener derechos políticos, el movimiento obrero, la Reforma Agraria, la llegada al poder de un gobierno popular y su caída a raíz de un golpe de Estado. Todo ello complementado por la presencia de diversos personajes que van estableciendo una suerte de contrapunto, desde su papel de artistas, poetas, estudiosos de las ciencias ocultas, etc.
Variados personajes pueblan la novela. Entre las figuras masculinas, encontramos a Esteban Trueba, el patriarca, el único varón de una familia de la oligarquía, empobrecida por el despilfarro del padre alcohólico; se ve obligado a trabajar desde la adolescencia y consigue recuperar su fortuna explotando un yacimiento minero en el norte del país. Esa fortuna le permitirá recuperar también la antigua hacienda de la familia -las Tres Marías- donde se desarrolla gran parte de la historia. Esteban contrae matrimonio con Clara del Valle, la hermana de Rosa, su primera novia, y con ella tiene tres hijos: Blanca, la mayor, Jaime y Nicolás. A ellos se agregará después Alba, la hija de Blanca con Pedro Tercer García, el hijo del capataz de la hacienda.
La Casa de los Espíritus constituye un trabajo de considerables proporciones, no por su número de páginas precisamente, sino por la manera en que la autora aborda más de medio siglo de la historia Chile -si bien nunca se lo menciona directamente, las referencias a determinados hitos de nuestra historia colectiva son evidentes- articulándolo con lo que constituye el eje del relato, la historia los Trueba-del Valle. Una historia que de acuerdo a la autora, es la de “una típica familia latinoamericana de clase media acomodada”, y mediante la cual pretendía “hacer una especie de fresco donde estuvieran retratadas todas las clases sociales y la ciudad, el campo, la geografía, el clima, la historia, la parte mágica y la real de la vida de América Latina. Elevar el tono a un plano continental en que todo el hombre y la realidad americana pudieran plasmarse. Era un proyecto ambicioso y no sé si cumplí con él. “Pero también es una historia de amor, odio, sangre, violencia, ternura. También, un poco, una historia fatalista, son tan poderosas las fuerzas ajenas al hombre que se mueven en este continente. El final es un huracán en el que hasta los que lo provocaron caen envueltos” [7].

Literatura y nación

El arte y la literatura posibilitan la reproducción de un imaginario nacional. De acuerdo a Benedict Anderson, la novela fue una de las ‘formas de la imaginación’ -la otra es el periódico- que aparecieron en el inicio de la modernidad, y que a partir de una nueva estructuración del tiempo del relato, posibilitaron la representación de la nación en cuanto comunidad imaginada (Anderson, 1993:46-49). Como señala Bernardo Subercaseaux respecto a la experiencia colectiva de la nación (o escenificación del tiempo nacional), ésta “se manifiesta en una trama de representaciones, narraciones e imágenes, trama que tiene como eje semántico un conjunto de ideas-fuerza y una teatralización del tiempo histórico y de la memoria colectiva” (Subercaseaux, 2007:15). En la modernidad occidental la escenificación del tiempo histórico nacional tiene como uno de sus dispositivos simbólicos a las obras literarias. “El discurso de lo nacional circula por distintos soportes (…) La escenificación colectiva del tiempo en sus distintas constelaciones, puede ser concebida como una suerte de esqueleto del imaginario nacional, como una máquina de producción cultural que conlleva guiños compartidos, signos de pertenencia y de comunidad” (Idem: 16).
La Casa de los Espíritus nos permite ingresar en el terreno del imaginario nacional y abordar las relaciones sociales, vinculando clase y género, categorías culturales que al mismo tiempo van dotando de sentido a la nación que se configura en la obra, y posibilitan algo más importante aún: su reconocimiento [8]. En la medida que remite “indirecta o metafóricamente, al mundo real, lo que también es o tiene que ser cierto porque de otra manera el texto literario se aleja parcial o absolutamente del horizonte de nuestra comprensión, esto es, nos resulta paulatinamente ininteligible” (Rojo, 2006:203).

2. La hacienda como espacio simbólico: la violencia naturalizada.

2.1. La cultura de la subordinación.
Aun cuando parte importante de la novela se desarrolla en la ciudad, es la hacienda como espacio simbólico la que domina el texto. La “casa de los espíritus” es en propiedad, la casa que la familia posee en la ciudad, la casa en la que Clara Trueba recibe a quienes practican el espiritismo y otras artes esótericas, poetas y artistas, “aquel inmenso carromato lleno de alucinados”, pero también a los ‘desposeídos’. ¿Por qué entonces pareciera que todo empieza y termina en las Tres Marías, la hacienda que los Trueba poseen en el sur de ese país latinoamericano cualquiera en que Allende sitúa a sus personajes? Precisamente, porque los referentes de ese país se encuentran más en el campo que en la ciudad, en la tradición que en la modernidad, en la violencia que en la razón, y en la circularidad del mito. Como en otros lugares, lo que se nos ofrece aquí es una versión de la identidad latinoamericana que releva el mito de la violencia originaria ya no ejercida por el conquistador extranjero, sino que reproducida por el señor de la hacienda sobre su familia y sus inquilinos.
Mi lectura de la novela no reviste necesariamente mayor novedad, precisamente porque en ella encontramos elementos presentes en ciertas versiones de la identidad latinoamericana y nacional que relevan el mestizaje, el huacho [9], la religión católica y la hacienda como matriz cultural que define relaciones sociales de clase y de géneros. Es el caso de Pedro Morándé y Carlos Cousiño, que se inscriben en una versión tradicionalista que supone la existencia de una esencia que no ha sido lo suficientemente reconocida pero que puede ser recuperada (Larraín, 2001), y que se funda en un orden social conservador.
El sociólogo Pedro Morandé (1987), realiza una crítica de la modernidad ilustrada y el desarrollismo como horizonte intelectual aparentemente único para comprender la identidad cultural latinoamericana, en un intento por comprender las respuestas a la crisis de la república oligárquica de las primeras décadas del siglo XX, fundamentalmente por qué las propuestas modernizadoras no habrían conseguido generar una nueva síntesis cultural que incluyera a todos los grupos sociales. Morandé plantea que la existencia de una fuerte religiosidad popular en la región es expresión de la “síntesis cultural fundante de América Latina, producida en los siglos XVI y XVII”, sobre la base de dos culturas -hispana e indígena- que comparten el rito sacrificial. Síntesis que cubre todas las épocas y dimensiones de la vida social y cultural, generando una cultura particular con sus propias tradiciones, que la lógica modernizadora en una función de un principio de universalidad no admite, y transforma en una especificidad que no alcanza el carácter de identidad cultural.
Carlos Cousiño presenta otra variante de esta versión enfocándose en la identidad chilena. Una identidad en la que la hacienda aparece como la estructura básica de la sociedad chilena, desde fines del siglo XVI y hasta mediados del siglo XX, no sólo como forma de propiedad de la tierra, sino como institución que moldeó un “tipo humano”. La hacienda no corresponde al modo de producción capitalista, se distinguiría por su carácter doméstico que no contrapone a patrón y trabajador, ya que funda sus relaciones en la lealtad y la tradición. La cercanía con el patrón se traduce en un trabajo permanente, que demanda laboriosidad, disciplina y decencia, en un mundo que además se distingue por su sobriedad y modestia. Rasgos que también marcarán el carácter chileno.
Por otra parte, la hacienda “no permitió la gestación del tipo del trabajador libre norteamericano, amante de su independencia y libertad, sino que produjo más bien el tipo del inquilino, que se sentía cómodo en la situación de dependencia y protección que le ofrecía el señorío doméstico. El carácter del chileno no se encuentra, pues, marcado por aquellas grandes instituciones que históricamente han ido modelando el carácter de los pueblos europeos o de América del Norte” (Cousiño, 2004). “Chile fue pura hacienda”, dice el autor al compararlo con las otras naciones latinoamericanas que no colonizaron los territorios en toda su extensión. Pero ese mundo cerrado y autárquico generó también una fuerte desconfianza hacia lo exterior, que aparece como una amenaza. La confianza en el patrón se vuelve fundamental ante la posible peligrosidad de los afuerinos.
A propósito de la publicación de la novela Cuando éramos inmortales de Arturo Fontaine (1998) -novela que narra precisamente la caída del orden hacendal desde los ojos de un niño perteneciente a una familia de la oligarquía-, Cousiño comentaba que el proceso de expropiación iniciado con la Reforma Agraria “no sólo representó una transformación política y económica, sino fundamentalmente una alteración radical de la vida familiar, de una forma de religiosidad y de una sociabilidad que la institución de la hacienda venía modelando desde mucho antes, incluso, que la formación del Estado nacional (Cousiño, 1999:13). Las transformaciones que se aceleran a partir de la década de los sesenta, si bien significan el término del orden hacendal, no se traducen en Chile en liderazgos populistas que reemplazan al patrón, como en otros países, sino que el orden se mantiene en el plano doméstico, pero ahora sostenido por la mujer. La mujer prolonga el principio doméstico básicamente como madre. Es ella la que debe asumir la responsabilidad de criar a los hijos y de protegerlos en un ambiente social hostil y donde la figura paterna brilla por su ausencia (Cousiño, 2004).
Este principio de organización alcanza a los campesinos que migran a la ciudad y buscan una figura de autoridad que los proteja, pero caen a menudo “en la anomia y en la disipación (…) El migrante no es ni un bolchevique ni un sans coulotte, jamás recurre a la violencia política, la que queda siempre como vía exclusiva para los estudiantes provenientes de la burguesía o de la oligarquía. Por ende, ni la política, ni la sociedad, ni el mercado le ofrecen un nuevo principio de orden a este ser recién llegado a la ciudad en números impresionantes. Y es por ello que el orden vuelve a radicarse en el espacio doméstico. (…) La madre, como figura dominante, es protectora, celosa, desconfiada. Frente al marido o pareja, cuando lo tiene, se constituye en un principio de orden y disciplina. (…) Frente a los hijos, la madre se levanta como principio de protección. La madre da, acoge y exculpa, creando un hijo sobreprotegido con los rasgos propios de un machismo irresponsable” (Ibídem).
José Bengoa, por su parte, si bien plantea la importancia fundamental que adquiere la hacienda a partir de la colonia, como una de las instituciones de más larga duración del país, junto con la Iglesia, releva, al contrario de Cousiño, el poder y la violencia que produce. La hacienda, señala el autor, “constituyó un espacio privilegiado de reproducción cultural: allí se fusionaron las tradiciones indianas e hispánicas. La hacienda fue estableciendo un complejo sistema de dominio, subordinación y exclusión en el terreno social y sexual. No es por casualidad que la imagen de “familia” la recorriera por siglos y siglos” (Bengoa, 1996:85). Para Bengoa, la dominación social y sexual que surge del patronazgo, se encuentran estrechamente asociadas, son parte de un mismo proceso. “El patrón posee y es padre. Establece su señorío en el campo, manda con voz fuerte, usa la fusta con energía y sale de parrandas y amoríos, “el rajadiablo”. El poseer tiene, en el lenguaje cotidiano, la doble connotación de ser dueño como propietario y sexualmente poseedor. Esta última expresa, al nivel material y simbólico, el vasallaje, la subordinación de la persona inferior socialmente” (Idem: 86).
No obstante, Bengoa advierte que el período hacendal no debe ser leído como una suerte de ‘paraíso perdido’, en el que predominaba la exuberancia de la naturaleza y una irracionalidad sensual. Al contrario, una lectura como esa encubriría las relaciones de explotación y la cultura de subordinación que les daba su legitimidad. Y agrega un elemento que resulta sugerente para nuestra lectura de la novela de Allende, al referirse a los ‘huachos’, los hijos que nacen fuera del matrimonio como resultado del ‘intercambio sexual’ entre patrones y sirvientes. Son las mismas mujeres, según Bengoa, las que “les enseñaron a sus hijos a amar y a odiar. Amar al patrón y odiar al padre violador. De lo contrario, no sería explicable en Chile la cultura de las izquierdas, la ira atávica convertida en conciencia de clase, de la que participaron los campesinos transformados en mineros, salitreros, ferrocarrileros, obreros y proletarios. Al salirse del marco de legitimidad cultural de las haciendas, se potenció la ira. Se olvidaban de los dioses de los patrones, de sus amores, y brotaba fértil el recuerdo de los atropellos. El rencor también había nacido en las haciendas” (Idem: 88).
En otro lugar aparece el tema del huacho, como un elemento que se agrega al nudo argumental del relato sobre nuestro origen simbólico como sociedad. Es la lectura de la antropóloga Sonia Montecino en el ensayo Madres y Huachos, quien nos dice que: “La unión entre el español y la mujer india terminó muy pocas veces en la institución del matrimonio. Normalmente, la madre permanecía junto a su hijo, a su huacho, abandonada y buscando estrategias para su sustento. El padre español se transformó así en un ausente. La progenitora, presente y singular era quien entregaba una parte del origen: el padre era plural, podía ser éste o aquel español, un padre genérico” (Montecino, 1996:43). La ilegitimidad del huacho/a “originario/a” atravesaría la sociedad hasta el presente, convirtiéndose en un estigma del sujeto en la historia nacional especialmente de las capas medias de la sociedad- y que el código civil preservó bajo la categoría de “hijo natural” por lo menos hasta su modificación casi a fines del siglo XX [10].
La autora agrega que en el siglo XIX, aunque se impone discursivamente el modelo familiar cristiano-occidental, monógamo y patriarcal en las capas altas de la sociedad, las capas medias y populares continuaron reproduciendo un modelo de familia centrado en la madre y con la ausencia del padre. Pero aún así, a comienzos del siglo XX, en la clase dominante se mantenían uniones ilegítimas y el nacimiento de huachos. “La institución de la empleada doméstica en la ciudad, de la china (india) que sustituía a la madre en la crianza de los hijos- y la estructura hacendal en el campo, dan cuenta de la presencia de estas relaciones.
La china, la mestiza, la pobre, continuó siendo ese “obscuro objeto del deseo” de los hombres; era ella quien iniciaba a los hijos de la familia en la vida sexual; pero también era la suplantadora de la madre, en su calidad de “nana” (niñera) (…) En el mundo inquilino, la imagen del hacendado como el “perverso trascendental” (Morandé, 1980), es decir como el fundador del orden, lo hacía poseer el derecho de procrear huachos en la hijas, hermanas y mujeres de los campesinos adscritos a su tierra. Así, numerosos vástagos huérfanos poblaron el campo con una identidad confusa” (Montecino, 1996:52).

2.2. La actualización del mito: el ritual de la violencia sexual.
El análisis que Roberto Schwarz realiza sobre Memórias Póstumas de Brás Cubas del escritor brasileño Machado de Asís, nos ayuda a iluminar en parte la problemática que queremos desarrollar, cuando señala que es en la formalización estética y no el contenido de la novela donde se expresa el conflicto estructural de la sociedad brasileña del siglo XIX, al darle una forma literaria a un principio abstracto a partir del cual se organiza la realidad. Machado logra desarrollar una fórmula narrativa que consiste en la alternancia de perspectivas, y que corresponde al funcionamiento del país, de manera tal que el dispositivo literario capta y dramatiza la estructura social transformándola en regla de escritura (Schwarz, 1991:11).
En el caso de la novela de Allende, siguiendo muy superficialmente los planteamientos de Schwarz, lo que resulta interesante no es tanto lo representado -la hacienda, la familia patriarcal y las relaciones de inquilinaje [11]- , sino cómo es representado, especialmente porque la tensión que recorre la novela entera no es otra que el conflicto de clases, un conflicto producto de un orden social aparentemente inmutable - a pesar de las transformaciones históricas- y que comienza a desmoronarse paulatinamente, a medida que los trabajadores del campo y la ciudad van haciéndose conscientes de sus derechos. No obstante, el conflicto no parece tener resolución alguna sino es en el plano mítico, donde es transmutado en una suerte de destino fatal -y peligrosamente naturalizado- que recae sobre el cuerpo de las mujeres: la violación por los hombres de otra clase social, con los cuales mantienen vínculos de parentesco. Vínculos que son determinados por una voluntad masculina, y reproducidos a través del cuerpo de las mujeres.
“Su sentido práctico le indicó que tenía que buscarse una mujer y, una vez tomada la decisión, la ansiedad que lo consumía se calmó y su rabia pareció aquietarse. (…) La acometió con fiereza incrustándose en ella sin preámbulos, con una brutalidad inútil (…) Pancha García no se defendió, no se quejó, no cerró los ojos. Se quedó de espaldas, mirando el cielo con expresión despavorida, hasta que sintió que el hombre se desplomaba con un gemido a su lado. Antes que ella su madre, y antes que su madre su abuela, habían sufrido el mismo destino de perra. (La Casa de los Espíritus. Pp. 67-68)
“Sospecho que todo lo ocurrido no es fortuito, sino que corresponde a un destino dibujado antes de mi nacimiento y Esteban García es parte de ese dibujo. Es un trazo tosco y torcido, pero ninguna pincelada es inútil. El día en que mi abuelo volteó entre los matorrales del río a su abuela, Pancha García, agregó otro eslabón más a la cadena de hechos que debían cumplirse. Después el nieto de la mujer violada repite el gesto con la nieta del violador y dentro de cuarenta años, tal vez, mi nieto tumbe entre las matas del río a la suya y así, por los siglos venideros, en una historia inacabable de dolor, de sangre y de amor”. (La Casa de los Espíritus p.452)
Los párrafos citados corresponden a dos momentos distintos del relato. Más específicamente: al comienzo y el fin de la historia, si bien esto es relativo, porque el ‘gesto’ de la violación parece ser interminable. El primer párrafo corresponde a la voz de Esteban Trueba y el segundo a la de Alba, su nieta. Aquel viola a la ‘primera mujer’ producto de una ‘naturaleza fornida y sensual’ que lo desborda, mientras Alba se convierte en el instrumento de la venganza de Esteban García, el nieto de Pancha García, nieto a su vez de Esteban Trueba. El linaje de los huachos saldaría cuentas en el cuerpo de las mujeres de los ricos. Pero entonces, tanto las mujeres ‘condenadas al destino de perra’, como las otras, son sólo el objeto de un conflicto entre furiosos varones de una misma estirpe.

2.3. Estereotipos de clase y género: la reproducción de las diferencias.
Alba y Pancha García parecen estar condenadas a someterse a este destino ‘inexorable’ de la venganza, y no ofrecer resistencia, cuando la primera dice:
“Quiero pensar que mi oficio es la vida y que mi misión no es prolongar el odio, sino sólo llenar estas páginas mientras espero el regreso de Miguel, mientras entierro a mi abuelo que ahora descansa a mi lado en este cuarto, mientras aguardo que lleguen tiempos mejores, gestando la criatura que tengo en el vientre, hija de tantas violaciones, o tal vez hija de Miguel pero sobre todo hija mía”. (La Casa de los Espíritus, p.453)
Pero Alba no estaba condenada al destino de perra, sino que ha ocupado ese lugar como víctima de una venganza. Una vez que se produce el golpe de Estado narrado en la novela, el personaje es apresado, torturado y violado por Esteban García, un oscuro coronel que encuentra el momento preciso para ejecutar el ritual de la violencia.
“Un día el coronel García se sorprendió acariciando a Alba como un enamorado y hablándole de su infancia en el campo, cuando la veía pasar a lo lejos, de la mano de su abuelo, con sus delantales almidonados y el halo verde de sus trenzas, mientras él, descalzo en el barro, se juraba que algún día le haría pagar cara su arrogancia y se vengaría de su maldito destino de bastardo (…) Ordenó que pusieran a Alba en la perrera y se dispuso, furioso, a olvidarla”. (La Casa de los Espíritus, p.433)
Alba llega a esa posición porque ha salvado la vida otros perseguidos políticos, porque se ha hecho parte de una lucha que no le corresponde, y sobre la cual el mismo personaje tiene dudas en un principio. Dudas que se resuelven a través del amor que siente por Miguel, el estudiante de Filosofía, que luego se convertirá en el jefe de la guerrilla que lucha en la clandestinidad.
“Miguel hablaba de la revolución. Decía que a la violencia del sistema había que oponer la violencia de la revolución. Alba, sin embargo, no tenía ningún interés en la política y sólo quería hablar de amor. Estaba harta de oír los discursos de su abuelo, de asistir a sus peleas con su tío Jaime, de vivir las campañas electorales. La única participación política de su vida había sido salir con otros escolares a tirar piedras a la Embajada de los Estados Unidos sin tener motivos muy claros para ello (…) Pero en la universidad la política era ineludible”. (La Casa de los Espíritus, p.336)
“Se avecinan tiempos muy malos, mi amor -explicó-. No puedo tenerte conmigo, porque cuando sea necesario entraré en la guerrilla.
-Iré contigo adonde sea -prometió ella.
-A eso no se va por amor, sino por convicción política y tú no la tienes -replicó Miguel-.No podemos darnos el lujo de aceptar aficionados.
A Alba aquello le pareció brutal y tuvieron que pasar algunos años para que pudiera comprenderlo en toda su magnitud”. (La Casa de los Espíritus, p.349)
Alba llega por una mezcla de amor y rebeldía a hacerse parte de la lucha del Pueblo, pero no por un convencimiento profundo de lo que está haciendo, y a pesar de todo logra sobrevivir al ‘espanto’. Pero hay otra mujer que tiene peor destino. Me refiero al personaje de Amanda. Ella aparece en la mitad del relato, emerge del mundo de las artes esotéricas, del mundo femenino de Clara, y al cual pertenece uno de sus hijos: Nicolás, quien seducirá a todas las mujeres de la hacienda, pero sin la violencia del padre, sino con la suavidad de la madre, “con artes de galantería que jamás se habían visto en la zona”.
Amanda, un poco mayor que él, “lo inició en la meditación yoga y en la acupuntura”; luego se inicia en la filosofía existencialista, se viste de negro y experimenta con drogas. Parece ser una mujer completamente independiente y autónoma que despierta el interés de los dos hermanos Trueba -Jaime y Nicolás- pero que esconde un secreto: la pobreza de su condición de clase media, de vida en pensión y a cargo de un hermano pequeño.
“Amanda le contó de su pasado, de su familia, de un padre alcohólico que era profesor en una provincia del Norte, de una madre agobiada y triste que trabajaba para mantener a seis hijos y de cómo ella, apenas pudo valerse por sí misma, se fue de la casa. Había llegado a la capital de quince años, a casa de una madrina bondadosa que la ayudó por un tiempo. Después, cuando su madre murió, fue a enterrarla y a buscar a Miguel, que era todavía una criatura en pañales. Desde entonces le había servido de madre. Del padre y del resto de sus hermanos no había vuelto a saber”. (La Casa de los Espíritus, p.249)
No busco, ingenuamente, el reflejo de la realidad en la historia de Amanda. Al contrario, lo que me llama poderosamente la atención es su carácter de puente entre las mujeres Trueba: las Pancha García y las Blancas y Albas. Esa mujer perteneciente a la “silenciosa clase media que se debatía entre la pobreza de cuello y corbata y el deseo de emular a la canalla dorada” (p. 249). Las mujeres Trueba son finalmente parte de un mismo linaje, así como los varones que las poseen como territorio en disputa; Amanda no. Ella adopta modas, ideas, muta permanentemente y por ello su destino es el más trágico.
“Para reconocer a Amanda, sin embargo, se necesitaba haberla amado mucho (…) Jaime la observó con tristeza, comprendiendo en ese instante el abandono, los años de miseria, los amores frustrados y el terrible camino que esa mujer había recorrido hasta llegar al punto de desesperanza donde se encontraba. La recordó como era en su juventud, cuando lo deslumbraba con el revoloteo de su pelo, la sonajera de sus abalorios, su risa de campana y su candor para abrazar ideas disparatadas y perseguir ilusiones. Se maldijo por haberla dejado ir y por todo ese tiempo perdido para ambos”. (La Casa de los Espíritus, p.355)
No se nos dice cuál fue exactamente el camino que recorrió Amanda, pero al parecer experimentó demasiado. A pesar de que se recobra de la adicción a las drogas, un renovado amor por Jaime -el hermano Trueba ‘correcto’- le entregará una felicidad ilusoria, y finalmente morirá en medio de las torturas a las que las someten los militares para que delate a su hermano. Cumpliendo su destino: dar la vida por Miguel, simulando ser su madre, simulando estar en el mundo. Simulando, como su clase.
Cabe señalar brevemente, que la figura de los hermanos Trueba, los varones, es bastante particular. Jaime y Nicolás son más bien hijos de la madre que del padre. Son educados en un colegio inglés, lejos de la hacienda, lejos de la religión católica, lejos de una serie de costumbres que reproducen el orden hacendal. Y efectivamente ambos pertenecen más al mundo de la ciudad que del campo, a las amistades y conocimientos de la madre. Y es en este contexto urbano donde se relacionan con Amanda, la otra mujer. Pero sus destinos también son trágicos, al menos el de Jaime, médico que cumple una suerte de apostolado en los sectores populares de la ciudad, cercano al Presidente, no comparte la idea de la violencia, pero es víctima de ella. Mientras, Nicolás desaparece de la historia expulsado por el padre, que no soporta su conducta.
De estos destinos ya marcados, la única figura femenina que consigue salir indemne, y al contrario, obtiene una cuota de poder real en el mundo, es Tránsito Soto: la prostituta emprendedora y comprensiva (un viejo estereotipo), que gracias a un préstamo que le hace Esteban Trueba, cuando trabajaba en el prostíbulo del pueblo cercano a las Tres Marías, pone un negocio propio y llega a hacerse famosa en el círculo de los poderosos. Tránsito, sobrevive a los cambios políticos y económicos, pero menos a los sociales, la ‘liberación femenina’ parece no convenirle:
“(…) porque por culpa de la libertad de las costumbres, el amor libre, la píldora y otras innovaciones, ya nadie necesitaba prostitutas, excepto los marineros y los viejos. Las niñas decentes se acuestan gratis, imagínese la competencia, dijo ella”. (La Casa de los Espíritus, p.437)
Tránsito maneja un conocimiento oculto a los ojos de las mujeres comunes y corrientes, las mujeres ‘decentes’, como supone el personaje de Esteban Trueba al saber que ha cumplido el favor que le pidió: liberar a Alba de los militares.
“Supongo que usó el conocimiento del lado más secreto de los hombres que están en el poder, para devolverme los cincuenta pesos que una vez le presté. Dos días después me llamó.
-Soy Tránsito Soto, patrón. Cumplí su encargo -dijo. (La Casa de los Espíritus, p.355)
Pero tal vez lo que permite a Tránsito Soto sobrevivir, es el reconocimiento de la autoridad. Tránsito ha migrado del campo a la ciudad, y se ha integrado a ella materialmente, pero se mantiene en los márgenes de lo que representa. A pesar del éxito económico obtenido, de la red de influencias que maneja, décadas después de su primer intercambio con Trueba, éste seguirá siendo su patrón, no se encuentran en un plano de igualdad. Al reconocerlo como tal, reconoce su propio lugar en el orden social, porque su poder emerge precisamente de aquello que se oculta: la sexualidad. Y en el imaginario tradicional de los géneros, la prostituta es la única que puede acceder al conocimiento de la sexualidad, o al menos admitir que abiertamente su sexualidad sin sublimarla. Tránsito Soto y Esteban Trueba han resuelto la dominación sexual, mediante el intercambio económico, han establecido una alianza, pero nunca podrán hacer otra cosa. Es lo uno o es lo otro.

3. La familia como metáfora de la nación. “Rescatar la memoria del pasado”
En la novela de Allende, las mujeres y hombres cobran sentido a partir del orden familiar, y desde allí sus figuras son proyectadas hacia el mundo exterior. La familia Trueba-del Valle es la que articula el orden, incluyendo y excluyendo; los únicos que se mantienen fuera, pero no logran constituir una familia son los hermanos Trueba (el lado masculino, el hermano de Clara y los hermanos, son libres pero solitarios) las mujeres se relacionan con los hombres del pueblo, con los otros hombres, en una suerte de mestizaje invertido.
No mencioné a Clara del Valle, la madre, porque ella de alguna manera está presente en toda la narración. Son sus diarios de vida -los ‘cuadernos de anotar la vida’- los que articulan el relato. Hacia el final sabemos que una de las voces que narran la historia de los Trueba es la de Alba, que ha rescatado la memoria de su familia a través de los diarios de su abuela. Y a través de ellos ha conseguido sobrevivir al ‘espanto’, de alguna forma ha recuperado su identidad, diremos nosotros. Hay otra voz, que corresponde a la de Esteban Trueba, quien de alguna manera al ir narrando la otra parte de la historia, va justificando sus acciones. Pero sospecho que ambas voces son expresión de una misma conciencia, que parece desdoblarse en una voz femenina y otra masculina, pero que hablan desde la misma clase. Las mujeres del campo sometidas a la violencia sexual del patrón, son ‘habladas’ por las otras mujeres, homologando sus experiencias pero eludiendo el significado de esa violencia desde su propia experiencia más allá de ocupar el lugar que antes tuvieron sus madres y abuelas. Son representadas como parte de lo mismo. Efectivamente lo son, al convertirse en madres de los hijos no reconocidos, se hacen parte de un mismo linaje, y es ahí donde además parece estar la fuente del conflicto.
Decía en un comienzo que pretendía analizar las imágenes de Familia, Nación y Clases, que se desprenden de la lectura de La Casa de los Espíritus. Me parece lo que opera es la metáfora de la familia como nación. La historia de Chile es la historia de los Trueba, la alianza matrimonial, los vínculos de parentesco existentes entre la oligarquía y la alta burguesía, entre los conservadores y los liberales, entre el laicismo y la religión, etc. Vínculos que hacen del castigo a los iguales, algo intolerable. La identidad cultural emerge de la homogeneización: somos todos iguales porque tenemos un origen y un destino común. El conflicto surge entonces entre los Trueba legítimos y los bastardos, los que son reconocidos como iguales y los no reconocidos, los excluidos. Por lo tanto, el quiebre que se produce al final de la historia es un quiebre entre parientes que han sido negados. El rencor y el resentimiento de personajes oscuros y planos como el de Esteban García, sólo encuentra en la coyuntura histórica la oportunidad de desatar la violencia como parte de su búsqueda de reconocimiento. Pero si la violencia ya está escrita en el libro de los Trueba, no deja de ser una metáfora inquietante sobre el destino de nuestra sociedad.-

Notas
[1] Ver octava edición, correspondiente a Nuevas Ediciones de Bolsillo, Buenos Aires, 2007.
[2] Desde su primera edición en el año 1982, ha sido traducida a 25 idiomas, adaptada al cine y al teatro. Información disponible en página web oficial de la autora: http://www.clubcultura.com (en inglés http://www.isabelallende.com) Sobre el tema Allende ha señalado: "Siempre se piensa que todo lo comercial es malo, lo cual implica una subestimación del lector. Es partir de la base de que los lectores son tontos y que sólo leen lo que no tiene calidad. A veces me dicen ¿por qué copias a García Márquez? Si llevo 20 años escribiendo, ¿crees que la gente no se daría cuenta de que copio?". Ver: "Siempre se piensa que todo lo comercial es malo", en El Mercurio de Valparaíso, 25 de octubre de 2000, Cuerpo C, p.10.
[3] Como Marcela Serrano y Alberto Fuguet. Sobre Allende y Serrano ver: “¿Por qué los escritores chilenos no las quieren?” Andrés Gómez, en La Tercera, 13 de mayo 2001, p.52. Sobre Alberto Fuguet, “Amor sobre Ruedas”, Susana Munich.
[4]La novela habría circulado clandestinamente en Chile, prohibida por el gobierno de los militares. Ver entrevista realizada a la autora: “Quise retratar a América Latina”, La Bicicleta Nº44, Santiago, marzo 1984. Pp.30-40
[5] En un artículo sobre la autora, el entrevistador señalaba: “Para bien o para mal, la imagen de Chile en el mundo la está forjando Isabel Allende”. Hasta la fecha del artículo, La Casa de los Espíritus, había vendido más de 10 millos de copias. Ver: “Isabel de América” de Jorge Heine. Capital, Santiago, 19 de julio al 1 de agosto de 2002. Pp. 114-120.
[6]En el artículo recién citado, se recogen diversas opiniones sobre la escritora. Hay una que me parece particularmente sugerente: “El escritor chileno Luis Sepúlveda destacó de su compatriota algo que él mismo ha conseguido "Cuando Isabel puso el punto final de Eva Luna, logró tatuarse un símbolo que honra su epidermis: dejó de ser chilena, peruana o venezolana, y pasó a ser intensamente latinoamericana". Yo agregaría que pasó a ser intensamente norteamericana. En efecto, lo que la ha alejado de toda posibilidad de ingresar al panorama literario hispanoamericano es que, rápidamente, pasó de ser una autora chilena a una 1atinoamericana. Antes que alguien pudiera entender el cambio, Allende dio otra vuelta de carnero y se transformó lisa y llanamente en la primera autora norteamericana que escribe en español. Alberto Fuguet. Revista Nexos”. (El subrayado es mío)
[7] “Quise retratar a América Latina”. Los subrayados son míos.
[8] El antropólogo mexicano Roger Bartra señala que la legitimidad del Estado moderno radica en lo que él denomina como las “redes imaginarias del poder político”, en las que los mitos y la cultura nacional constituyen sus elementos principales. Esta red está compuesta por instituciones, relaciones sociales e ideas que tienen en común su carácter de mediación entre el individuo y el Estado moderno. “Cada uno de los elementos de que se compone esta estructura de mediación tiene sin duda diversas funciones, sean económicas, sociales, políticas, ideológicas, etcétera. Sin embargo, en su conjunto estos elementos tiene la particularidad de ser una transposición de los conflictos y contradicciones de clase a una red imaginaria que proporciona coherencia, unidad y estabilidad a la sociedad”. Esta red imaginaria resolvería el conflicto de clase, mediante la delimitación de los lugares que a cada sujeto social le correspondería, y para ello se hace necesario un relato mítico que genere un escenario compartido otorgándole sentido a los sucesos históricos (1981:12).
[9]Huacho, palabra de origen quechua, refiere al niño huérfano o abandonado por sus padres, en el caso de la sociedad chilena se aplica específicamente al abandono paterno.
[10] Categoría que fue eliminada con la Ley Nº19585 de 1998, que modifica el código civil y otros cuerpos legales en materia de filiación, igualando a los hijos ante la ley. Fuente: Biblioteca del Congreso Nacional. http://www.bcn.cl
[11] Porque es una temática que ha estado presente en otros textos literarios (no me refiero al realismo mágico), con los cuales la conexión es evidente, por ejemplo, en la novela de Eduardo Barrios, Gran Señor y Rajadiablos, el personaje principal, también un patrón de fundo, reflexiona sobre su relaciones con las mujeres campesinas: “A ellas pertenecen esos amoríos o dominaciones de macho en las chicas de la peonada. Son ellas también sexo predominante. El amor actúa en ella a dictados del celo (…) Que le guardaran reconocimiento y respeto (…) Además, él las quiere: después de poseerlas, viéndolas humildes y felices, le nace una gran ternura. Suelen acometerle remordimientos de pecador, y al sentirse dueño de sus esclavas, obligase de todo corazón a protegerlas (…) Las que le han parido un hijo, en particular, adquieren continente de sometidas al caballero feudal. Este fenómeno le mueve a pensar ¿De dónde les vendrá esta condición? De España, muy probable; acaso de moros y araucanos. Pero tal es el hecho. Y ésa la costumbre de nuestros campos, hasta que… ¡Dios dirá hasta cuándo lo tiene así permitido! (Pp.147-148)

Bibliografía
Allende, Isabel (2007): La Casa de los Espíritus. Nuevas Ediciones de Bolsillo, Buenos Aires.
Anderson, Benedict (1993): Comunidades Imaginadas. Reflexiones sobre el origen y difusión del nacionalismo. Fondo de Cultura Económica, México.
Barrios, Eduardo (1981): Gran Señor y Rajadiablos. Editorial Andrés Bello, Santiago.
Bartra, Roger (1981): Las redes imaginarias del poder político. México, Instituto de Investigaciones Sociales/UNAM, Ediciones Era.
Bengoa, José (1996): La comunidad perdida. Ensayos sobre identidad y cultura: los desafíos de la modernización en Chile. Ediciones SUR, Santiago.
Cousiño, Carlos: “Los chilenos y la identidad”. http://www.puc.cl/laucmiraachile/pdf/05_identidad_ccousino.pdf 9 de septiembre de 2004. Última fecha de revisión: 10 de julio de 2007.
-------------------- “Las virtudes de Emilio. Sobre la novela Cuando éramos inmortales”, El Mercurio, 3 de octubre de 1999, Cuerpo E.
Fontaine, Arturo (1998): Cuando éramos inmortales. Aguilar chilena de ediciones, Santiago.
Larraín, Jorge (2001): Identidad chilena. Ediciones LOM, Santiago.
Morandé, Pedro (1987): Cultura y modernización en América Latina. Ensayo sociológico acerca de la crisis del desarrollismo y de su superación. Ediciones Encuentro, Madrid.
Munich, Susana: “Amor sobre Ruedas”, Mapocho, Revista de Humanidades y Ciencias Sociales, segundo semestre de 2000, Nº 48. Pp.21-28.
Rojo, Grínor (2006): Globalización e identidades nacionales y postnacionales… ¿de qué estamos hablando? LOM, Santiago.
Montecino, Sonia (1996): Madres y Huachos. Alegorías del mestizaje chileno. Editorial Sudamericana, Santiago.
Schwarz, Roberto (1991): Un mestre na periferia del capitalismo -Machado de Assís- Livraria Duas Cidades, Sao Paulo.
Subercaseaux, Bernardo (2007): Historia de las ideas y la cultura en Chile. Tomo IV. Nacionalismo y cultura. Editorial Universitaria, Santiago.

Páginas web visitadas
Heine, Jorge: “Isabel de América”, Revista Capital, Santiago. 19 de julio al 1 de agosto de 2002. Pp. 114-120 http://www.memoriachilena.cl Última revisión: 16 de julio de 2007
Gómez, Andrés. “¿Por qué los escritores chilenos no las quieren?” La Tercera, 13 de mayo 2001, p.52. http://www.memoriachilena.cl Última revisión: 16 de julio de 2007
“Siempre se piensa que todo lo comercial es malo”, El Mercurio de Valparaíso, 25 de octubre de 2000, Cuerpo C, p.10. http://www.memoriachilena.cl Última revisión: 16 de julio de 2007
Página oficial de Isabel Allende http://www.clubcultura.com (en inglés http://www.isabelallende.com)
“Quise retratar a América Latina”, La Bicicleta Nº44, Santiago, marzo 1984. Pp.30-40. Disponible al 16 de julio de 2007 en http://www.memoriachilena.cl

© Carmen Gloria Godoy R. 2008
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

Signos de puntuación ¿Para qué?




LOS ÁNIMOS ESTÁN CRISPADOS: LA VIOLENCIA LLEGA A LA GRAMÁTICA


La batalla del punto y coma
(Por Gustavo Spriger)




Llegan los partes desde el frente: el signo lingüístico que permite sumar ideas está en franca decadencia। Y no sólo en castellano। También en francés। Los especialistas aseguran que el gran enemigo es el inglés con dos puntas de lanza: los textos de Ernest Hemingway y el uso de las nuevas tecnologías, como el chat y los teléfonos celulares। Hablan lingüistas, escritores y activistas। Qué puede pasar.
 
El punto y coma está en vías de extinción. Cada día es más difícil encontrarlo en libros y diarios debido a que casi nadie está completamente seguro de cómo se usa, sumado a la rapidez que impera en los textos por las nuevas tecnologías y a la influencia del inglés en nuestro idioma.Algunos patriotas del lenguaje sostienen que se utiliza menos porque se impuso el estilo de escritura americano de Ernest Hemingway, quien dispuso la dictadura de las frases cortas y la abundancia de puntos.
Otros, más ortodoxos, agregarán que autores de culto como el francés Marcel Proust, el austríaco Thomas Bernhard o el argentino Juan José Saer serían difíciles de leer sin la existencia del punto y coma.Lo cierto es que la cultura del zapping y la velocidad de la sociedad invaden hasta el lenguaje y pareciera que sólo queda lugar para oraciones cortas que permitan saltar de una a otra, sin demasiado esfuerzo, para evitar que el lector deba profundizar en los razonamientos.
Distintos lingüistas coinciden en que la puntuación podría funcionar como una radiografía de la sociedad: a una comunidad superficial, le corresponde una puntuación sin demasiado lugar a la meditación; una sociedad de valores efímeros tendrá signos que no requieran tiempo de análisis, y un país que exalta lo fragmentario tendrá oraciones desconectadas las unas de las otras.Para oponerse a la aniquilación, sus adeptos se pusieron firmes y lanzaron campañas en todo el mundo, y Crítica de la Argentina propuso el debate a lingüistas y escritores locales, quienes lo reivindicaron como “antimail” y “signo de la intuición”, capaz de aportar “música” y “ritmo” a los textos.“El punto y coma implica una reflexión sobre la relación que establecés entre los miembros que están puestos en la misma oración. Poner un punto y coma es decir `estoy poniendo algo que guarda una relación estrecha con lo dicho anteriormente, pero es otra idea’.
Esa reflexión es antimail”, señala María Marta García Negroni, investigadora del Conicet, titular de la cátedra de Corrección de Estilo de la UBA y ganadora del Premio Konex en Teoría Lingüística y Literaria.Uno de sus enemigos más amenazantes es el uso vertiginoso que las nuevas tecnologías hacen del lenguaje. La comunicación veloz que proponen internet y el MSN generó una realidad en la que releer un texto se convirtió en un valor negativo. De esta manera, no hay tiempo para interpretar las segundas intenciones de lo que el otro dice.Al sumarse al debate, la lingüista y coautora del libro El arte de escribir bien en español, Laura Pérgola, afirma que la tecnología determinó un uso muy escaso del lenguaje donde “se trata de economizar cuando no tenemos un idioma económico”.
En el celular, habría que apretar el botón que hace desfilar los signos unas diez veces para llegar al punto y coma, y su utilización en el chat ya tomó acepciones distintas de las reglamentarias.Sin embargo, la desaparición del punto y coma no es un fenómeno local, sino que ya se evalúa como tendencia mundial. En Francia tomaron muy en serio la guerra por su supervivencia, y un grupo de destacados intelectuales lanzó una cruzada para defender a su idioma del “enemigo que habla inglés”. “Para mí, este signo es el símbolo de una república que razona de forma correcta”, disparó el experto Alain Rey, autor del Diccionario Robert, uno de los más importantes del francés.

LOS DEFENSORES OPINAN.

En la Argentina, aún no existe ningún espacio institucional pensado para hacer frente a esta problemática, aunque distintos blogs comenzaron la lucha posteando textos donde reclaman por el punto y coma. Algunos intelectuales locales ya lo incluyeron como un tema destacado entre sus acaloradas discusiones académicas.Marcelo Birmajer, uno de los más prolíficos escritores argentinos contemporáneos, es taxativo: “El punto y coma es mi signo de puntuación favorito. Es fundamental”, comienza y explica que “no es un punto sino una forma de negociación entre dos ideas”. “El uso del punto y coma es intuitivo, y la intuición es la forma menos mala de acceso al conocimiento. Para mí es el signo de la intuición”, precisa.
Otra de las activistas a favor del punto y coma es la escritora Claudia Piñeiro, autora de las novelas Tuya y Las viudas de los jueves. Para ella, usar este signo es como manejar: si se pasa de la cuarta a la segunda, el auto marcha igual, pero hay un ruido diferente y se nota. “Tiene que ver con un ritmo que si no lo usás no es incorrecto, pero te perdés un montón de sutilezas en ese tono que vas adquiriendo en el texto. A mí me da muchísima pena que se pierda”, lamenta.Por su parte, el periodista y escritor Luis Gregorich, compilador del libro Antología universal de la poesía y Cómo leer un libro, señala que la función del punto y coma es “dar una respiración a la escritura”.
“Está vinculado con la música del texto. Es un matiz. Unificar todo con la coma no es bueno, le quita ritmo a la prosa”, agrega.Al momento de repartir culpas, Gregorich dice que la baja en el uso de este signo de puntuación se debe a una especie de exaltación de lo fragmentario y de lo breve en la sociedad.

LAS RAZONES DE LA DEFENSA.

¿Por qué es importante mantenerlo vivo? Según García Negroni, “existen diferencias sutiles entre signos de puntuación que no hay que perder, porque permiten construir sentido, forman parte de la comunicación y la interpretación mutua; no son irrelevantes”.Como antídoto a este síntoma de incomunicación, algunos escritores sostienen que mientras más signos de puntuación existan, mejor. Jorge Luis Borges decía que era una pena que no hubiera signos para cuestiones como la indecisión.El lingüista francés Jules Marouzeau sostuvo que los signos tipográficos subrayan las intenciones del autor y defendía la tesis de que la puntuación es no sólo la guía de lo que se dice, sino un modo de expresión en sí misma. Algunos autores intentaron, incluso, emplear una “semicoma” o una “coma interrogativa”, e inventaron nuevos signos como el “punto o signo de ironía”.

PARA QUÉ SIRVE.

Sin embargo, un problema que no augura un buen futuro para el punto y coma es la mala enseñanza que dan en los colegios primarios y secundarios sobre su uso. Hay docentes que no saben cuál es su función, los chicos se acostumbran a no usarlo y se vuelve difícil aprenderlo luego.La preocupación por este problema comunicacional fue tomada en serio por el mundillo intelectual donde piensan dar una batalla sin puntos suspensivos contra los atajos del idioma que van achicando el campo de posibilidades a la hora de hablar, y dejan a las personas cercadas, con menos opciones, y al punto y coma, en vías de extinción.
Los diarios como campo de luchaUn relevamiento realizado por diarios nacionales, tomando la sección Política del día jueves, arroja el siguiente resultado:
-Clarín: utilizó seis puntos y comas.
-Crítica de la Argentina: se contabilizaron siete puntos y comas.
-La Nación: récord de veintitrés puntos y comas, utilizados en la mayoría de las bajadas y para separar enumeraciones complejas.
La batalla perdida entre los periodistasSi el uso del punto y coma viene en baja entre los escritores contemporáneos, en los diarios es casi nulo. Es que este signo tiene mala prensa entre los periodistas, que prefieren evitarlo para reemplazarlo por el punto y seguido. Algunas opiniones de los profesionales.Juan José Panno, rector de la escuela de periodismo TEA: “En los medios se tiende naturalmente a utilizar frases cortas para evitar distraer al lector. No hay nada más molesto que un punto y coma mal usado, por lo que recomiendo evitarlo, salvo en el caso de que sea necesario”.
Luis Gregorich, periodista, ex director del Suplemento Cultural del diario La Opinión: “No estoy convencido de que la gente quiera sólo frases cortas. Yo uso frases largas y vinculadas entre sí, bastantes comas y algunos puntos y comas. Requiere un buen aprendizaje saber cómo y dónde usarlos”.Irene Hartmann, licenciada en Letras y correctora de la revista G7: “El punto y coma no es un tema de vida o muerte para el periodismo en notas informativas.
Hay géneros más blandos dentro del periodismo donde el punto y coma puede enriquecer la escritura, como ocurre en las notas de color y en las revistas, pero es un signo olvidado y muy poco presente en el mercado de diarios”.
Renata Rocco Cuzzi, titular de la cátedra Taller de Comunicación Periodística en la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA: “Creo que yo debería sumarme a esta cruzada para salvar al punto y coma. No soy de utilizarlo ni tampoco tengo una normativa específica para su uso en el ámbito del periodismo.
Es verdad que es un signo que enriquece la escritura, pero en lo que respecta a la escritura en mi materia, no es prioridad el hecho de que los alumnos no lo usen”.

Mercado y Literatura

Por Elsa Drucaroff
Argentina 27/06/2009
Para Noé Jitrik, que me alentó a escribir este trabajo

I. Vínculo indisoluble, vínculo insoluble, vínculo molesto
Varios académicos apelan a las relaciones entre literatura y mercado para condenar o salvar obras literarias, pero es poco frecuente que se hagan preguntas teóricas serias sobre el problema. Sobre las relaciones literatura y mercado hay más consenso que examen. El consenso presupone un punto de vista que en términos generales se considera “de izquierda” y dice que la literatura que está condicionada por el mercado es mala literatura. A los críticos nos tranquiliza suponer que nuestra producción y nuestro objeto de estudio son ajenos al mercado, que al trabajar con arte, con materiales estéticos, logramos trabajar con elementos ajenos al sistema económico, y que contamos, para no contaminar nuestras lecturas, con la firmeza de nuestra ideología.

Sin embargo, la más elemental economía política marxista demuestra que cuando se vive en un modo de producción capitalista, el mercado no puede ser ajeno a ninguna producción humana, no importa si es producción de víveres, de ropa, de ideas o de literatura. En nuestros discursos espantamos al mercado como un tábano: despectivamente, hacemos ese gesto y creemos ingenuamente que basta para que el mercado se aleje. Sin embargo, más que con un insecto molesto o una sucia tentación, el mercado debe compararse con una luz que nos baña a todos (y toda luz produce sombras, ahí hay una clave). Lo único que logramos con nuestro gesto airado es engañarnos y desprotegernos. Porque de esa luz no se puede escapar y el único modo de encontrarle las sombras es asumirla, entenderla. Aunque eso sea molesto, aunque nos obligue a admitir que hemos dado por resuelto, livianamente, un tema por lo menos difícil y sobre todo demasiado cargado de matices y de nuestras propias contradicciones.

Las relaciones entre la literatura y el mercado son tensas, pero son también identitarias. Hablaré sobre todo de literatura, aunque mucho de lo que planteo es extensivo a otros lenguajes artísticos. Comienzo: Si la literatura existe como tal, es gracias al mercado; lo cual no significa que sus relaciones con él sean armónicas, pero sí que sin él no existiría lo que desde hace ya varios siglos llamamos literatura. Es más: literatura y mercado nacieron juntos y por eso su relación es indisoluble. Sin embargo, su relación es mal avenida, y por eso es insoluble. Indisoluble e insoluble: ése es su vínculo.

Cuando la crítica habla de literatura y mercado dice, por ejemplo: “tal escritor escribe para el mercado, se arrodilla ante el mercado. Tal otro, en cambio, no es comercial, le da la espalda”. Posturas físicas: arrodillarse o dar la espalda, tienen no obstante, como centro, al mercado.

La crítica habló partiendo de la literatura, pero no escapa, ella tampoco, de centrarse en el mercado para juzgar. En cambio, yo quiero partir del mercado, y no de la literatura. Ni para venerarlo ni para rechazarlo: para entender. Y basta recordar la definición misma de mercancía y de mercado de El Capital de Marx para admitir que él me atraviesa y me constituye subjetivamente, como a todos mis semejantes, y constituye mis vínculos con los demás.

II. Mercado, mercancía y obra literaria

En El Capital el mercado no es un espacio (de los espacios podemos entrar y salir) sino un modo de relación social en el que todos estamos inmersos, más allá de nuestra voluntad, y que está indisolublemente ligado a nuestra supervivencia, dado que a partir de él se produce, distribuye y consume toda la riqueza que existe. “La riqueza, en las sociedades donde impera el modo de producción capitalista, se nos aparece como un inmerso arsenal de mercancías, y la mercancía, como su forma elemental” (2). Así comienza Marx su exposición, y extraerá de esta forma mercancía, de su célebre descripción y de su fetichismo, un componente subjetivo, profundo e inconsciente para quienes viven bajo su dominio. La mercancía es un valor de uso en el que la sociedad lee trabajo humano social por convención y consenso, y mide ese trabajo humano social en cantidad de horas promedio. Y aunque hay una realidad no semiótica objetiva en ese promedio de horas de trabajo que llevó la producción de cada mercancía, el hecho mismo de que el trabajo humano social se mida así y se lea o no en un objeto, es también por convención y consenso (3).

Esa cantidad de horas que lee la sociedad en la mercancía dan la proporción en que se cambia por otra mercancía, o sea el valor de cambio. Éste hace que cualquier valor de uso se pueda volver mercancía. Porque ser mercancía es poder intercambiarse en el mercado, es poder participar de un mundo de objetos que, gracias al valor que en ellos se lee (valor de cambio), se comparan entre sí y fijan las proporciones de intercambio.

Este mundo de objetos tiene una inquietante autonomía, “reviste, a los ojos de los hombres, la forma fantasmagórica de una relación entre objetos materiales”, “seres dotados de vida propia, de existencia independiente”(4): es que son las condiciones de producción de cada momento histórico, el desarrollo tecnológico y otras variables coyunturales pero nunca la voluntad consciente, individual de los humanos los factores que determinan cómo se comparan cada vez las mercancías entre sí.

En la sociedad capitalista la riqueza se conceptualiza como mercancía y la supervivencia, como la posibilidad de intercambiar las mercancías que producimos por las que precisamos. Productores que intercambian y consumen: productores sociales de mercancías, porque producen para los demás: red solidaria de interdependencias. Aunque el rico self made man lo crea, o lo crea el artista, ninguno de los dos es Robinson Crusoe. Ambos producen para intercambiar, ambos intercambian horas de trabajo por horas de trabajo de otros. No obstante, el particular tipo de percepción social que construye la forma mercancía hace que cualquiera pueda creerse Robinson Crusoe. Porque las mercancías parecen compararse por su cuenta en el mercado, la ilusión es que son independientes, que tienen un poder especial. Nosotros, los productores, somos quienes hemos producido los alimentos, las ropas, los productos culturales y los servicios que se precisan, pero como hechizadas, ellas se intercambian por su cuenta. Intercambiamos nuestros trabajos pero creemos intercambiar productos que tienen sus propias reglas. Nos borramos como protagonistas, hemos delegado en las mercancías nuestro poder de hacer.

De ahí, dice Marx, que sintamos mágicas a las mercancías. Son fetiches. Estamos deprimidos y entramos al negocio a comprarnos algo lindo porque eso que brilla ahí, en la vidriera, tiene un poder que olvidamos en nosotros mismos: el del trabajo social.

¿La literatura es una mercancía? La respuesta es evidente: difundimos y adquirimos los libros en el intercambio mercantil. Aunque los leamos en una biblioteca, alguien pagó por ellos. No sólo la llamada industria cultural hace su negocio en el mercado: ni el libro más exquisito ni el pintor más exclusivo pueden sustraerse al intercambio obra por dinero y pocos se libran del agente o editor que se apropia de plusvalor en el proceso de producción de esa mercancía. Los escritores precisan dinero como todos: o venden su literatura, o venden fuerza de trabajo para otras tareas, o explotan trabajo asalariado. No hay otra opción, salvo robar.

¿Se salvan del mercado las llamadas editoriales “independientes”? O venden libros a lectores, o venden el servicio de publicación a escritores, o a políticas de difusión estatal (consiguen subsidios). A veces son “independientes” del mercado de lectores, pero no del de los escritores que pagan, por eso cobran a un poeta desconocido pero invierten para publicar a Leónidas Lamborghini: Lamborghini prestigia la editorial y valoriza el servicio en el mercado de escritores. ¿Se salvan los artistas o intelectuales que obtienen subsidios o becas? Intercambian su trabajo por dinero en un mercado. ¿Se salva el mundo académico? Pagar una inscripción para leer en un congreso es comprar un servicio: el que me otorga un antecedente académico. ¿Por qué se convoca a congresos de temáticas extraordinariamente amplias, se aceptan sin excepción todos los resúmenes presentados y se habilitan cuatro o cinco mesas paralelas con insólita diversidad de temas, aunque no haya público suficiente para asistir a todas? En congresos así de obedientes al mercado se leen a veces ponencias que acusan a intelectuales de estar arrodillados ante el mercado. Y si hay congresos diferentes es porque es posible financiarse de otro modo; es decir: insertarse de otro modo en el mercado y proteger a su sombra la calidad intelectual. La dinámica de estas Jornadas es un ejemplo.

La sombra no es autónoma de la luz, pero es posible. Para adivinar dónde hay sombra hay que entender la luz.

Volvamos al fetichismo mercantil. Como todas, la mercancía literatura es un fetiche: hay quienes exhiben su celular de alta tecnología y quienes exhiben leer a Proust en francés. Es el fetichismo mercantil de los que exhiben su posesión de lo que Bourdieu llama capital simbólico. En ciertos ambientes, pasearse con un libro bajo el brazo es tan efectivo como en otros hacerlo en un BMW. Literatura bella y profunda como El Principito, grandes escritores como Cortázar, músicos como Vivaldi perdieron su poder de fetiches culturales en ciertos ambientes. Como cualquier mercancía que ya puede comprar cualquiera, son despreciados por los ricos en capital simbólico, no porque su superficie significante haya dejado de producir nuevos sentidos sino porque no es prestigioso prestarles atención. Como el celular que alguna vez consumieron pero ya todos pueden comprar: los consumidores culturales clase ABC1 precisan fetichismo renovado.

Adorno reconoció un fetiche en la obra de arte. Las obras, sostiene, son producto del trabajo social y por ende se someten a su ley o crean una semejante, pero se rebelan al mismo tiempo contra eso que las constituye. Esa rebeldía les produce "falsa conciencia", se creen afuera de la lógica del trabajo, de la producción material, aunque no lo están. Es decir, afirman un orden superior y esto es ilusión ideológica. Caen en el fetichismo. Sin embargo, en su artículo “Arte. Sociedad. Estética”, confunde la mirada del que consume arte con la del que lo produce (5). Porque la obra no es un fetiche para ambos. ¿Quién la percibe como si estuviera por encima del trabajo material, quién es el que se rebela contra su lógica laboral de producción? ¿Los artistas productores? Algunos proclaman esa ideología pero muchos asumen que, para su trabajo, por más "espiritual" o imaginativo que sea, se requiere práctica, ejercicio material, aprendizaje de un oficio. Rebelarse contra el trabajo social que constituye al arte suele ser más un modo de entenderlo y percibirlo que de hacerlo (6). Es decir: la mirada fetichista está acá en el propio Adorno, o en una sociedad que entroniza, sacraliza el arte, volviéndolo ajeno al trabajo humano social.

Adorno habla acá del fetichismo mercantil, el de Marx, y dice que en el arte es necesario, es condición de su verdad misma. Porque para no ser fetiches, las obras deberían asumir que son para-otro y no un para-sí, que están hechas para intercambiarse en sociedad, pero ser para-otro sería aceptar el alienante intercambio mercantil (7). Es decir: la verdad del arte, razona Adorno, depende de una paradoja: el fetichismo de la mercancía preserva al arte de ser cómplice del capitalismo.

Adorno se equivoca. Alienado él mismo, equipara “producción de riqueza para otros” con “producción de riqueza para el mercado capitalista” y entonces justifica la borradura del proceso material de trabajo en la recepción de la obra. Pero el capitalismo tiene algunos siglos y la producción de riqueza para otros, los mismos que la humanidad. Dice Marx en las Grundrisse: creer que la única producción y circulación posible de riquezas es la capitalista es olvidar que el capitalismo no es el único y eterno orden posible (8). Ser para otros no es equivalente al horroroso “ser para el burgués” (ser para beneficio del burgués) que Adorno y Horkheimer denuncian en su brillante Dialéctica del Iluminismo. Sólo lo es en la producción mercantil.

Hay modos más humanos de ser para otro, uno es el modo en que la obra de arte se lanza como mensaje, precisamente, significación que busca decirse y que, en el capitalismo, sólo circula encerrada en la forma mercancía. Nosotros conocemos la emoción de ser esos otros para los cuales se ha producido la obra, y es todo lo contrario de estar sometidos al intercambio alienante. Tal vez esa emoción nos hizo elegir este oficio. Cuando consumimos la obra olvidando que estamos en el nivel ABC1, cuando mientras leemos nos deslizamos a la sombra de la luz del mercado, la obra es un ser para los otros y nos vuelve personas mejores.

Ahora bien: cuando Adorno defiende el fetichismo como necesidad del arte, no siempre se refiere al mercantil. Se desliza a otro fetichismo sin señalar la inmensa diferencia. A un fetichismo que sí, coincido, es necesario en el arte: la obra conserva mucho del carácter mágico del arte primitivo, dice de pronto Adorno, mezclando todo (9). Porque ese fetichismo es otra cosa. Si uno ocurre sólo en el capitalismo y oculta el trabajo del artista como obrero, el otro acompaña al arte desde los orígenes de la humanidad y construye la ilusión de incidir en el orden del universo. Esa fe imposible es condición para la verdad del arte, es la pulsión que lleva a los humanos sensibles que sufren un mundo doloroso o injusto, a resistir y crear algo alternativo. En ese fetichismo reside la fuerza de negación que Adorno y Horkheimer exigen, ése es necesario. Pero no el mercantil. Es cierto que ese fetichismo legitimó su derecho a existir gracias a la autonomía del arte, es decir, como veremos, a la mercancía, pero es cualitativamente diferente.

¿Por qué Adorno se desliza imperceptiblemente de la defensa de un fetichismo a la del otro? Creo que es un lapsus: Adorno, el aristócrata del consumo artístico, precisa sostener la división alienante entre artista y trabajador. Defiende el fetichismo mercantil para poder sumergirse en él sin culpa, sólo que su consumo es de mercancías culturales suntuarias, no populares. Como plantea Bourdieu, el capital simbólico también otorga plusvalor a quienes lo acumulan, y ese plusvalor supone un modo de poder que él llama distinción(10). Confundiendo los dos fetichismos, Adorno resguarda la distinción de su crítica política.

Bourdieu cae a menudo en planteos simplificadores y equipara mecánicamente clase dominante y clase poseedora de capital simbólico y distinción. Sin caer en eso, creo con él que el capital simbólico otorga poder. No necesariamente económico, desde luego, y mucho menos en la Argentina, sí un poder simbólico que los que lo poseemos abrazamos con fruición, compensación tercermundista a nuestra pobreza monetaria. Es un poder que un sector de la Academia tiende a sostener con celo porque es una de las claves que justifica la necesidad de su existencia en una sociedad dividida en clases.

La equiparación mecánica de Bourdieu es más o menos así: la clase dominante (dueña del capital y confiscadora de plusvalía) no sólo se apropia de la mayor parte de la riqueza no semiótica, también es dueña del capital simbólico y la distinción. Para esto último se vale de instituciones como la educación, la Academia y la crítica. Pero en el paralelo automático que plantea, Bourdieu no toma en cuenta la diferencia fundamental entre riqueza material no semiótica y semiótica. La primera es finita: el producto bruto interno es una cifra, y esa cifra se reparte entre muchos de un modo desigual. La discusión es quién come la tajada más grande de la torta. Pero la riqueza material semiótica no es igual. Para poder leer a Proust no necesito privar a otros de que lo lean. El capital simbólico acumula una riqueza en realidad infinita, de reproducción y distribución de alcances cada vez mayores, si seguimos la historia que va de la imprenta a Internet.

Por eso se precisan instituciones (la crítica, la Academia) que trabajen en contra y controlen la circulación del capital simbólico infinito, administren la distinción. Para preservar la distinción hay que convencer a muchos de que no tienen derecho a leer a Proust y transformar todo lo que leen en capital simbólico devaluado, sin prestigio, no porque sea necesariamente de mala calidad (puede no serlo) sino porque la distribución desigual de poder simbólico lo requiere. La finitud que, en economía, es inherente al excedente de producción, no caracteriza al material semiótico. Y ahí estamos nosotros, que podemos cumplir, como crítica y Academia, la función que una sociedad dividida en privilegiados y pobres nos solicita, o podemos usar nuestro poder simbólico para otra cosa. A nosotros, que mayoritariamente nos consideramos intelectuales de izquierda, una crítica literaria arrodillada ante el mercado (ya para darle la espalda, ya para aplaudirlo) nos tendría que parecer repugnante. Si despreciamos por definición toda literatura que los lectores leen sin nuestra intervención, defendemos la distinción; lo mismo si reivindicamos únicamente la literatura que sólo paladean los bienaventurados consumidores ABC1 de capital simbólico (lo digo sin ninguna ironía, agradezco mi buena ventura). Por el contrario, si con idéntica posición de rodillas miramos el mercado en lugar de darle la espalda, reivindicamos cualquier literatura que sea buen negocio, sea como fuere. Ahí defendemos el capital a secas, no el simbólico. Pero en ambos casos colaboramos con la injusticia social.

¿Cuántos prejuicios académicos contra el arte masivo son modos de proteger la distinción? La Academia anterior despreció como objeto de estudio el policial o la ciencia-ficción en los años 40, cuando eran géneros masivos. Borges, no. Ahora, muchos académicos tampoco, ahora Philip Dick y los cuentos de Walsh en Leoplán son objetos de culto. ¿Cuánto que buena parte de la Academia desprecia hoy será prestigioso tema de tesis doctorales y programas académicos dentro de 60 años?

Retrocedamos: dije que la literatura, tal como hoy es, como hoy la concebimos, debe su existencia al mercado, y dije que su poder mágico, revulsivo, de oponer un mundo alternativo al mundo horrible que nos rodea, debe al mercado haberse desplegado, haber ganado el respeto social. Para demostrarlo, tenemos que hablar de historia.

El arte tiene fecha de nacimiento

Los dibujos de las cuevas de Altamira, los púlpitos en madera tallados por el Aleijadinho en las iglesias de Ouro Preto, los vitrales de Notre Dame hoy forman parte de las expresiones artísticas de la humanidad; los Milagros de Nuestra Señora, de Gonzalo de Berceo o la Odisea hoy son obras de la literatura. Pero no se produjeron ni se leyeron así. Sabemos que carecían de autonomía, que dibujar bisontes en las paredes era el modo de empezar a cazar, que los Milagros de Gonzalo de Berceo, verdades educativas y la Odisea, un relato colectivo y verdadero sobre su origen heroico, para toda una cultura. Como la autonomía del arte no existía, eso no era arte. Asistir a una representación de Edipo Rey no era ir al teatro, escuchar a un juglar que recitaba no era ver a un artista a la gorra.

Como plantea Jürgen Habermas, lo que hoy llamamos arte fue, antes de ser autónomo, una herramienta con la que las instituciones del poder político, seculares y religiosas, exhibieron su dominio. Publicidad representativa, llama Habermas a este modo en que el arte representaba el poder ante el pueblo: cuadros, poemas, música dedicados a señalar ante público pasivo quién manda, a legitimar al que manda con belleza (11) Es razonable entonces que el bufón que recita para el rey tenga que elegir con cuidado sus palabras, que el pintor no pueda decidir cuál retrato pinta, que el escritor escriba para promover principios de la Iglesia. Entender eso como arte, hoy, es una operación ex post facto. No en vano la palabra se refería a oficios tan terrenos como la zapatería o la carpintería, incluía a talladores de santos y herreros de caballos.

Es cierto que entre zapatos y herraduras, un leproso hijo de una esclava, el Aleijadinho, talló ángeles en los que leemos el agobio y la rabia de un artista rebelde. Pero para fortuna del Aleijadinho, no lo leyeron sus amos; lo leemos nosotros, parados en una sociedad donde el arte es autónomo. Para citar nuevamente a Adorno: “antes de formarse la conciencia de la autonomía, el arte estaba ya en contradicción con el poder social (…) pero no era todavía un para sí.”

¿Cuándo se transforma en un para sí? Con la autonomía. La teoriza Adorno, la historizan Habermas y Bajtín, y los tres coinciden: a la autonomía la trae el triunfo de la burguesía, la trae el capitalismo. La trae el mercado.

“Su autonomía,” dice Adorno, “su robustecimiento frente a la sociedad es función de la conciencia burguesa de libertad que, por su parte, creció juntamente con las estructuras sociales.” Durante la larga y tan estudiada transición del feudalismo al capitalismo, que tiene la acumulación mercantil y la feria en la plaza como protagonistas, el arte se va volviendo autónomo. En eso coinciden Marx, Habermas y Bajtín.

El Manifiesto Comunista de Marx y Engels rinde justo homenaje (ambiguo, encendido) al rol democratizador de la burguesía y del dinero: “la burguesía ha desempeñado en la historia un papel altamente revolucionario. (…) las abigarradas ligaduras feudales que ataban al hombre a sus ‘superiores naturales’ las ha desgarrado sin piedad para no dejar subsistir otro vínculo entre los hombres que el frío interés, el cruel ‘pago al contado’ (…) ha despojado de su aureola a todas las profesiones que hasta entonces se tenían por venerables y dignas de piadoso respeto. Al médico, al jurisconsulto, al sacerdote, al poeta (…) los ha convertido en sus servidores asalariados. (…) Una revolución continua en la producción, una incesante conmoción de las condiciones sociales (…) distinguen la época burguesa de todas las anteriores. Todas las relaciones estancadas y enmohecidas, con su cortejo de creencias y de ideas veneradas durante siglos, quedan rotas (…) lo sagrado es profanado, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas.” (12).

En esa “consideración serena” entra la de leer sin literalidad y sin remitir de inmediato los signos a las cosas: leer artísticamente, leer desde la autonomía del arte. Como plantea Habermas, cuando la monarquía, y con ella la publicidad representativa, son derrotadas por la publicidad burguesa (por una concepción de lo público ya no pasiva, espectadora, sino de público como lo que forma opinión, factor de gobernabilidad), entonces hay espacio social para que el pintor se ría del rey, el poeta de Dios, para la peculiaridad de la referencia estética, poética, para que los signos remitan antes que nada a sí mismos, y de allí, mediatizados, al mundo: para que exista la literatura. En esa coartada los textos se ofrecen como espacios laboratorio que piensan impunemente la sociedad humana.

Habermas historiza: todo eso nace, demuestra, en el siglo XVII, por ejemplo en pubs ingleses donde los burgueses discuten mientras toman los entonces suntuarios cafés y chocolates y van comprendiendo que quienes pueden pagarse el chocolate tienen más poder que el noble parásito que les pide préstamos para poder beberlo. El individuo está naciendo, ¿pero dónde? En la relación libre e igualitaria que supone, en su legalidad, el mercado. En ese espacio, por primera vez en la historia, no es legítimo usar la violencia para apropiarse de algo: se exige el común acuerdo de comprador y vendedor, sea leproso, mujer, siervo o noble. Se exige tener algo para comprar o algo para vender, es el único requisito para participar del juego.

Nacen el individuo y el derecho a escribir desde la imaginación y leer desde la autonomía. Leer textos es criticar, pensar el mundo libremente: la crítica literaria, dice Habermas, nace en los pubs ingleses; la crítica literaria no es todavía la institución que protege a los poderosos en capital simbólico, como denuncian Bourdieu o Raymond Williams, aún es arma para la conciencia para sí de la clase revolucionaria de ese momento. Con la crítica, la burguesía se legitima ante la nobleza de sangre, fortalece la publicidad burguesa, discute tradiciones y linajes estéticos que suponen definiciones nuevas de nación y lleva al mercado o difunde en él libros donde leer estas ideas, imponiendo una nueva versión del mundo y nuevos criterios de prestigio, democráticos, contra la nobleza.

A Habermas hay que agregarle Bajtín: la burguesía trae el reinado de la autonomía del arte, pero no la inventa. La saca del carnaval, donde está desde tiempos inmemoriales. Allí estaba la ficción autónoma: limitada y encerrada en un puñado de fechas y en un espacio único (la plaza pública), la orgía carnavalesca venía produciendo un estallido cíclico de significaciones sociales no punibles por el poder. Tenía sus respectivas músicas, poemas, teatralizaciones. Pero ese estallido controlado en el que participaba la sociedad toda, sin separación entre actores y público, y donde no regían privilegios de clase, no era considerado arte. Era un mundo paralelo y popular que la publicidad representativa de la “alta cultura” no tomaba en cuenta. Después de muchos siglos de carnaval comunitario, en un lento período que crece, junto con la burguesía y el mercado, entre finales del siglo XIV y fines del XVI, los lenguajes estéticos “cultos” empiezan a abrevar en el carnaval. Bajtín estudia cuidadosamente el caso de Rabelais, monumento, junto con Shakespeare o Cervantes, en este surgimiento de una literatura cada vez más autónoma en la autonomía de la cultura popular.

Es evidente no sólo el carácter profundamente revolucionario de la obra de estos autores, sino la incidencia que el mercado tuvo en ellas. Invade y condiciona producción y representaciones en el teatro isabelino, es el motivo para que Cervantes, encarcelado por deudas, escriba el Quijote, es el lugar donde se pregona y se vende Gargantúa y Pantagruel, que a su vez se nutre del lenguaje que nace en el gran mercado de la plaza pública. Bajtín dice que el mercado surge no casualmente en el mismo lugar donde se hace el carnaval: la plaza. En la feria mercantil las formas de la fiesta carnavalesca reaparecen, pero ahora sin el cerco temporal estricto de las fechas de fiesta. En la feria mercantil los privilegios de sangre se borran porque lo que vale es el dinero, las fronteras monárquicas se quiebran porque se precisan mercaderes viajeros y mercancías de todas partes, las fronteras lingüísticas se interpenetran. En el dialogismo carnavalesco de la feria mercantil se construyen las características esenciales de lo que será el gran género literario burgués: la novela.

Hasta acá, por qué el mercado y la literatura no sólo no están enfrentados, sino que tienen una relación indisoluble. Dijimos: además insoluble, y con eso cerramos.

Relaciones peligrosas

La literatura nació en el mercado, pero es una mercancía molesta. Que el arte es una mercancía incómoda para el sistema es lo que menos precisa explicación acá, porque es el aspecto que la crítica académica subraya, aunque a veces lo use para deslizarse, igual que Adorno, a la función de conservar los privilegios de la distinción. Pero ese desliz no niega la incómoda posición de la mercancía arte. Remito para ello al extraordinario análisis de Adorno y Horkheimer del episodio de Odiseo y las sirenas: la verdad del arte es ajena a la razón instrumental y atenta contra el orden social. La misma autonomía que hace posible al burgués escuchar a las sirenas condena a su canto y a quien lo escucha a la impotencia: para poder escucharlas y no dejar de ser el empresario pujante que surca los mares, Odiseo paga el precio de estar atado a un palo, pero además debe garantizar la distinción: que el canto llegue a los señores, no a los remeros. Oído por los remeros, el arte sería peligroso: podrían dejar de remar, o conducir el promisorio barco a la derrota. El arte es peligroso, desconfiable, porque su consumo proyecta sombras que el mercado no logra iluminar.

Conclusiones

En la sociedad en que vivimos el arte precisa del mercado, precisa que éste haga negocios con el arte. Pueden hacerse con quienes compran la mercancía artística o el derecho a consumirla, puede hacerse con quienes la producen o quienes dan el servicio que permite consumirla, pero con alguien se hacen, y no es necesario que eso ensucie las obras, no es preciso prostituirse para vender el trabajo. Tal vez asumir sinceramente nuestra inserción en el mercado y preguntarnos en qué términos la haremos sea una obligación ética que nos preserve de la prostitución. De esa disyuntiva hay mucho para conversar, pero ése sería otro trabajo.

Yo quiero cerrar acá recordando otra disyuntiva: ¿cuál sería, a partir de estos planteos, nuestra función social como críticos? ¿Contribuir a tapar con cera los oídos de los remeros, para que Odiseo disfrute de poder simbólico exclusivo? ¿Acumular para nosotros mismos cantos inefables de sirenas casi personales? ¿Usarlos para vendernos mejor en nuestros pequeños mercados vergonzantes? ¿O intentar señalar las sombras de la luz mercantil, intentar generarlas? ¿Y para qué? ¿Para difundirlas a cuantos podamos o para guardarlas celosamente, transformarlas en un nuevo tesorito de nuestra distinción?
NOTAS:

(1) Esta ponencia fue leída en las XXI Jornadas de Investigación del Instituto de Literatura Hispanoamericana de la Facultad de Filosofía y Letras, UBA, que tuvieron lugar en Bs. As. en marzo de 2007. Una versión resumida será publicada en las Actas de las Jornadas, que están actualmente en prensa.

(2) Marx, Carlos, El Capital. México, Fondo de Cultura Económica, 1972. Cap. 1 “La mercancía”

(3) La convención y el consenso funcionan incluso para reconocer lo que parece tan objetivo: el trabajo hecho para otros (social), en cada objeto. Se lo reconoce (o lee) en el plato que prepara un chef en un restaurant, pero no en el del ama de casa, por ejemplo. Por eso los tallarines del restaurant tienen valor de cambio y tallarines idénticos amasados por una madre no, y por eso no es mercancía (allí la sociedad lee “servicios del amor”)-

(4) Marx, Carlos, op. cit.

(5) Adorno, Theodor W., “Arte. Sociedad. Estética”. En su: Teoría Estética. Barcelona, Orbis – Hyspamérica, 1983. 297-8 pp.

(6) Contradiciendo de algún modo las afirmaciones que estamos examinando, la conciencia que suele tener el productor de arte acerca de la importancia de la técnica, del oficio, del manejo de las formas y la necesidad de someterse a ellas está planteada por el propio Adorno, por ejemplo en “El artista como lugarteniente” (Adorno, Theodor W.,Crítica cultural y sociedad. Madrid, SARPE, 1984).

(7) Adorno, Theodor W., op. cit.

(8) Marx, Carlos. “Introducción del Tomo I (1857)”. En su: Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (borrador) (1857-8).FALTA PÁGINA. Bs. As., Siglo XXI, 1971.

(9) Por ejemplo véase Adorno, Theodor W., “Arte. Sociedad. Estética”. Op. Cit., p. 298

(10) Bourdieu, Pierre, “Economía de los intercambios lingüísticos” y “Lenguaje y poder simbólico”.En su: ¿Qué significa hablar?, Madrid, Akal, 1985. 9-104 pp.

(11) Habermas, Jürgen,Historia crítica de la opinión pública. Barcelona, Gustavo Gili, 1981.

(12) Marx, Carlos y Engels, Federico. Manifiesto del partido comunista. En su: Marx Engels, Obras escogidas, Moscú, Progreso, S/F, p. 35. El subrayado es mío.

* Elsa Drucaroff nació en 1957 en Buenos Aires. Es profesora de Castellano, Literatura y Latín (formada en el Instituto Superior del Profesorado Joaquín V. González), enseña en el ISP JVG, investiga y dicta seminarios en la Facultad de Filosofía y Letras (UBA). Novelista, ensayista, crítica literaria y docente. Publicó los libros: La patria de las mujeres, (novela). Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1999. Conspiración contra Güemes, (novela) Buenos Aires, Ediorial Sudamericana, 2002. Leyenda erótica. Fragmentos. Buenos Aires, Editorial Eloísa Cartonera, 2006. El infierno prometido, (novela) Buenos Aires, Editorial Sudamericana, marzo 2006 (1° edición) y agosto 2006 (2°edición). Además tiene publicados libros de crítica sobre Roberto Arlt y Mijail Bajtín y dirigió el tomo once de la Historia Crítica de la Literatura Argentina ("La narración gana la partida").